Como parte del reacomodo interno que vive Morena, Luisa María Alcalde sí valoró rechazar la invitación de Claudia Sheinbaum para integrarse a la Consejería Jurídica de Palacio Nacional. No por convicción, sino por cálculo político: el argumento de “dedicarse a la maternidad” funcionaba como una coartada conveniente para ocultar lo evidente, un claro descenso en la estructura de poder. Pasó de ocupar posiciones clave en el gabinete a refugiarse en una oficina que, desde la salida de Julio Scherer Ibarra, se percibe más como trámite burocrático que como centro real de decisión.
Con ese desgaste encima, su ruta apunta ahora a reciclarse políticamente rumbo a 2027, buscando una diputación federal para intentar reposicionarse como operadora dentro de la bancada de Morena. Un movimiento que, más que ambición, refleja la necesidad de sobrevivir dentro de un partido donde las lealtades son volátiles y el poder se concentra cada vez más en círculos cerrados.
La salida de Alcalde de la dirigencia de Morena no fue casual ni repentina. Se venía cocinando desde hace meses, impulsada por una mezcla de conflictos internos, decisiones erráticas y relaciones personales que terminaron contaminando la operación política. Su cercanía con Arturo Ávila —un personaje visto dentro del propio gobierno como oportunista y desordenado— terminó por desgastarla frente a Palacio Nacional. Las constantes incursiones de Ávila en territorios políticos sin coordinación, su protagonismo mediático y sus vínculos con Adán Augusto López Hernández encendieron alertas en un gobierno obsesionado con el control de la narrativa.
Pero el problema de fondo no fue solo de formas, sino de fondo: una dirigencia incapaz de ordenar a su propia estructura. El episodio con Andrés López Beltrán lo dejó en evidencia. Cuando se le exigió ponerlo a operar, la respuesta fue tan reveladora como preocupante: no había control, no había autoridad y, peor aún, no había interés del propio círculo cercano al poder por respetar la jerarquía formal del partido.
A esto se sumó un ingrediente que terminó por romper cualquier margen de maniobra: el trato soberbio hacia aliados como el PVEM y el PT. Partidos acostumbrados al pragmatismo, pero no a la humillación. La factura fue inmediata: condicionaron su permanencia en la alianza a la salida de Alcalde de la mesa. Un golpe directo que exhibe el nivel de deterioro en la operación política de Morena.
Ante este escenario, el oficialismo intenta recomponerse. Ariadna Montiel se mantiene como pieza clave por su eficacia electoral, mientras Citlalli Hernández asume la tarea de contener la fractura interna y reconstruir puentes con aliados que ya empezaban a tomar distancia.
El problema es estructural: Morena pasó de ser un movimiento con cohesión política a una maquinaria desgastada por disputas internas, egos desbordados y una lucha descarnada por el poder. Lo que antes se vendía como “transformación” hoy se parece más a una guerra de facciones donde cada grupo cuida su parcela.
Y mientras el oficialismo intenta apagar incendios internos, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿cuánto tiempo más puede sostenerse un proyecto político que empieza a fracturarse desde adentro?
