Adán Augusto del círculo de poder al pasillo de espera

Adán Augusto del círculo de poder al pasillo de espera

La política mexicana tiene una regla no escrita: nadie cae de un día para otro; primero lo van dejando solo. Y eso es exactamente lo que hoy le está ocurriendo a Adán Augusto López Hernández.

El senador, que hace no mucho era presentado como operador central del movimiento y hombre de absoluta confianza del lopezobradorismo, empieza a descubrir que el poder en México no se pierde con un escándalo, sino con algo más letal: la indiferencia del propio régimen. Su salida de la coordinación de Morena en el Senado no fue un movimiento técnico ni una simple rotación parlamentaria. Fue un mensaje. Y los mensajes en política no se redactan para el protagonista, sino para todos los demás.

Durante años, López Hernández fue un político blindado por su cercanía con el expresidente. Ese paraguas le permitió operar, negociar, presionar y administrar estructuras internas con amplio margen. Pero el cambio de etapa política modificó el equilibrio. Lo que antes era lealtad útil empezó a convertirse en costo político.

El problema no fue únicamente doméstico. Su nombre comenzó a aparecer con insistencia en conversaciones incómodas en Washington, donde ciertos sectores lo observaban como un actor problemático. En política exterior, los gobiernos no necesitan acusaciones formales para considerar a alguien un riesgo; basta con que su presencia complique la relación. Cuando eso sucede, el cálculo es frío: se reduce exposición.

La sustitución en la coordinación parlamentaria respondió a esa lógica. El relevo no sólo implicó un cambio de figura, sino la toma de control real del aparato legislativo: posiciones, operadores, presupuestos, estructuras. Es decir, poder tangible. Sin esa maquinaria, cualquier liderazgo se convierte en discurso vacío.

El intento de reubicarlo en tareas electorales regionales parecía ofrecer una salida decorosa. Sin embargo, sus propios movimientos posteriores, buscando influir en candidaturas y territorios fuera de ese encargo, generaron más irritación interna que respaldo. En un sistema donde la disciplina vertical es ley, actuar por cuenta propia suele interpretarse como desafío.

Lo más significativo es que su desplazamiento no fue estridente. No hubo ruptura pública, ni escándalo, ni acusación frontal. Hubo algo más eficaz: silencio institucional. En la política del poder real, cuando dejan de mencionarte, empiezan a borrarte.

Aun así, sería ingenuo darlo por terminado. López Hernández conoce demasiadas rutas internas, demasiados acuerdos pasados y demasiados nombres propios. Ese conocimiento lo convierte simultáneamente en un activo incómodo y en un riesgo que nadie quiere detonar sin necesidad. Por eso no hay persecución visible ni proceso abierto. Hay contención.

Su caso ilustra la fase actual del oficialismo: consolidación del mando, control del mensaje y eliminación preventiva de factores de incertidumbre. No es una purga abierta, pero sí un reacomodo quirúrgico.

En política, perder el cargo puede ser anecdótico. Perder el respaldo, en cambio, suele ser definitivo. Y hoy, más que derrotado, Adán Augusto parece atrapado en la antesala del olvido, ese lugar donde los políticos siguen teniendo cargo… pero ya no tienen poder.

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