Durante años, Alejandro Páez Varela habló desde una posición cómoda: la del periodista que señala, acusa y reparte certificados de pureza moral. Desde Sin Embargo construyó un personaje reconocible: el crítico implacable de empresarios, inmobiliarias, periodistas “vendidos” y todo lo que oliera a corrupción o dinero mal habido.
Por eso, cuando su nombre apareció en una investigación sobre negocios inmobiliarios, la sorpresa no fue el escándalo: fue la contradicción.
El reportaje de N+ sobre las irregularidades en la Fundación Haghenbeck —una institución creada para apoyar causas sociales— destapó una historia que llevaba años gestándose en silencio. Inmuebles no registrados, recursos desviados, propiedades heredadas para la filantropía usadas con fines comerciales. Nada nuevo en el México de siempre… hasta que apareció un nombre conocido.
Entre las empresas creadas alrededor de esa fundación figura Callejón de Xico SA de CV, dedicada al negocio inmobiliario. Una sociedad formada en 2022, con una inversión de 25 millones de pesos y un edificio en pleno Centro Histórico. Entre los socios: Verónica Blanco, apoderada legal de la fundación, y Alejandro Páez Varela.
Ahí es donde todo se rompe.
No porque sea ilegal invertir, ni porque un periodista no pueda hacer negocios. Se rompe porque es el mismo periodista que ha dedicado años a denunciar el “cártel inmobiliario”, a descalificar a quienes mezclan poder, dinero y discurso público. Se rompe porque el dinero, cuando aparece, obliga a explicar cosas que el discurso ya no cubre.
Páez Varela reaccionó como muchos otros antes que él. Dijo que no lo buscaron, que no le preguntaron, que lo hicieron ver como corrupto. Reconoció la sociedad, reconoció la compra, pero la envolvió en una historia personal: vendí mi departamento, es el patrimonio de mis hijos, hoy no tengo dinero, el proyecto está detenido.
El problema es que la historia no cierra sola. ¿Por qué asociarse con una figura clave de una fundación señalada por desviar bienes filantrópicos? ¿Por qué entrar a un negocio inmobiliario cuando se ha construido una carrera atacando exactamente ese tipo de prácticas? ¿Por qué exigir transparencia siempre hacia afuera y ofrecer explicaciones incompletas cuando la lupa apunta hacia adentro?
Dentro de Sin Embargo, el golpe fue silencioso pero fuerte. No por el dinero, sino por la incoherencia. Columnistas y colaboradores que han defendido durante años un discurso ético hoy cargan con una incomodidad difícil de justificar frente a su audiencia. No es un ataque externo: es una grieta interna.
Este no es un linchamiento ni una persecución política. Es algo más simple y más incómodo: la realidad alcanzando al personaje. Cuando el periodista que denunciaba termina asociado a lo que combatía, ya no hacen falta adjetivos ni editoriales incendiarias. Basta con poner los hechos sobre la mesa.
Porque al final, el problema no es que Alejandro Páez Varela haya hecho negocios. El problema es haber construido una autoridad moral que no resiste el primer espejo. Y cuando eso pasa, no hay tuit, ni justificación personal, ni discurso emotivo que devuelva lo que se pierde: la credibilidad.

