Jesús Ramírez Cuevas busca refugio político en Colombia ante su pérdida de poder en Palacio

Jesús Ramírez Cuevas busca refugio político en Colombia ante su pérdida de poder en Palacio

Hay trayectorias políticas que no se explican por convicciones, sino por timing. Y en ese terreno, Jesús Ramírez Cuevas parece estar entrando en una fase incómoda: la del operador que pierde centralidad en casa y busca relevancia fuera.

La escena es reveladora. Iván Cepeda vuelve a Claudia Sheinbaum en Palacio Nacional por segunda ocasión, consolidando un vínculo que no es menor. No es una visita protocolaria: es un guiño político. Y en ese gesto comienza a delinearse una inclinación —todavía sutil, pero cada vez más evidente— de la llamada 4T hacia el proceso electoral colombiano.

En ese eje emergente, Ramírez Cuevas intenta insertarse. Pero lo hace desde una posición debilitada. Su margen de maniobra en Palacio se ha reducido a lo estrictamente ceremonial —la mañanera— mientras el verdadero músculo político se reconfigura en otros círculos. No es casualidad: su figura ha sido erosionada tanto por señalamientos externos como por tensiones internas que ya no se disimulan.

El episodio con Jenaro Villamil —expuesto públicamente en la propia conferencia presidencial— es apenas un síntoma. A eso se suman acusaciones incómodas que lo colocan en una narrativa defensiva, lejos del control discursivo que alguna vez monopolizó.

Frente a ese escenario, la apuesta es clara: internacionalizarse. Colombia aparece como una válvula de escape. La campaña de Cepeda —con ventaja en encuestas y bajo el paraguas del oficialismo— es terreno fértil para quien busca reposicionarse. Pero hay un problema estructural: ese espacio ya tiene dueño.

Gustavo Petro no solo respalda la candidatura; controla el War Room. Y en política, quien controla la estrategia, controla el acceso. El entorno de Petro no parece dispuesto a abrir la puerta a operadores externos, menos aún a perfiles que llegan con agenda propia y necesidad de reposicionamiento.

Ahí está el nudo. Ramírez Cuevas no busca únicamente colaborar: busca reinsertarse en el circuito de poder. Sabe que Cepeda tiene probabilidades reales de triunfo y que una eventual victoria podría abrirle nuevas rutas en América Latina. Es una lógica pragmática, casi empresarial: apostar donde hay momentum.

Pero esa misma lógica es la que despierta resistencias. En campañas competitivas, la lealtad pesa tanto como la capacidad. Y los círculos cerrados —como el que hoy rodea a Petro— difícilmente ceden espacios a actores que llegan en fase descendente dentro de su propio país.

Lo que vemos, en el fondo, no es solo una disputa por una asesoría. Es el retrato de un operador que intenta reinventarse mientras pierde tracción en su centro de origen. La política, como los mercados, castiga rápido la pérdida de influencia. Y Ramírez Cuevas parece estar descubriéndolo en tiempo real.

Colombia no es —al menos por ahora— su tabla de salvación. Es, más bien, el espejo donde se refleja su momento actual: ambición intacta, pero acceso restringido.

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