Cuando se anunció el pago de 32 mil millones de pesos al SAT por parte de Grupo Salinas, la narrativa oficial fue inmediata: triunfo, justicia, dinero que “por fin regresa al pueblo”. En redes, muchos lo celebraron como si ese monto fuera a cambiar algo de fondo, como si de pronto alcanzara para arreglar los problemas del país.
Pero cuando uno baja el volumen del discurso y prende la calculadora, la historia cambia por completo.
México planea gastar en 2026 alrededor de 10.1 billones de pesos. Eso suena enorme —porque lo es—, pero para dimensionarlo mejor hay que llevarlo a algo cotidiano: el tiempo. Un año tiene 8,760 horas, lo que significa que el gobierno gasta 1,153 millones de pesos cada hora. Cada. Hora.
Con ese ritmo, los 32 mil millones alcanzan para 27.7 horas de gasto público.
Un día.
Y un poquito más.
Eso es todo.
No alcanza para rescatar nada, no alcanza para corregir proyectos mal planeados, no alcanza para tapar hoyos financieros ni para mejorar servicios. Simplemente entra… y se va. Como agua en arena.
Por eso el punto no es si alguien pagó o si el SAT cobró. El punto es que el Estado gasta tanto y tan rápido que cualquier ingreso extraordinario, por grande que parezca, se esfuma antes de generar un impacto real. No es eficiencia, es puro volumen de gasto.
Mientras tanto, se nos pide aplaudir. Celebrar como si esas horas de oxígeno fueran una victoria histórica. Como si el problema fuera quién pagó, y no en qué se va todo.
La pregunta incómoda no es “¿ya pagó?”.
La pregunta real es: ¿por qué se gasta tanto y se ve tan poco?
Hasta que esa discusión no se dé de frente, cualquier ingreso adicional seguirá siendo lo mismo: un respiro breve… antes de volver a hundirse.

