La narrativa impulsada por Jenaro Villamil desde InfodemiaMX volvió a exhibir fallas graves de verificación y un uso irresponsable de su plataforma institucional, luego de que la propia presidenta, Claudia Sheinbaum, confirmara que el video de una mujer tomando el sol en una ventana de Palacio Nacional sí era real.
En un intento por desacreditar el contenido que circulaba en redes, InfodemiaMX —medio perteneciente al Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano— aseguró inicialmente que el video había sido generado con inteligencia artificial. La afirmación, respaldada por supuestas herramientas de detección, resultó ser incorrecta.
La corrección llegó tarde. Tras la presión pública y la evidencia acumulada, el propio portal tuvo que rectificar y ofrecer una disculpa, reconociendo que el material sí correspondía a un hecho real. Para entonces, el daño ya estaba hecho: una plataforma financiada con recursos públicos había difundido información falsa bajo el argumento de combatir la desinformación.
La presidenta explicó que, aunque en un primer momento las áreas internas negaron lo ocurrido, una revisión posterior permitió confirmar que efectivamente una persona se había sentado en la ventana y fue sancionada administrativamente. Es decir, mientras dentro del propio gobierno se realizaba una verificación tardía, desde InfodemiaMX ya se había lanzado una conclusión categórica… y equivocada.
El episodio deja mal parado a Jenaro Villamil, quien no solo falló en los estándares básicos de verificación periodística, sino que utilizó un medio institucional para posicionar una versión sin sustento. El problema no es el error en sí —que puede ocurrir— sino la ligereza con la que se afirmó que el video era falso, apelando incluso a herramientas tecnológicas que no resistieron el contraste con la realidad.
Más allá del incidente puntual, el caso abre un cuestionamiento de fondo: ¿puede un aparato gubernamental que incurre en este tipo de fallas erigirse como árbitro de la verdad en el debate público?
Lo ocurrido evidencia un patrón preocupante: primero se descalifica, luego se verifica… y finalmente se corrige cuando ya es imposible sostener la narrativa inicial. Un proceso inverso al que debería regir cualquier ejercicio serio de comunicación pública.

