Dos años después de ganar la presidencia, Claudia Sheinbaum eligió el nacionalismo como escudo. La pregunta es si ese escudo aguanta.
Este domingo 1 de junio, la presidenta Claudia Sheinbaum encabezó una concentración masiva en el Monumento a la Revolución para conmemorar el segundo aniversario de su triunfo electoral. El acto, presentado oficialmente como un ejercicio de rendición de cuentas, reunió a militantes, funcionarios, gobernadores y legisladores de Morena movilizados desde distintas regiones de la Ciudad de México. La jornada se replicó simultáneamente en las 32 capitales del país, con un formato que la oposición no dudó en calificar de mitin partidista disfrazado de informe de gobierno.
En su discurso, Sheinbaum repasó lo que considera los principales logros de su administración: 670,000 empleos creados, una tasa de desempleo del 2.5%, inversión extranjera directa, el «rescate» de Pemex y la CFE, y la cobertura de 42.8 millones de personas a través de los Programas de Bienestar. Todo acompañado de señalamientos a los «gobiernos neoliberales» anteriores y de recados directos a los expresidentes panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, que un día antes habían reaparecido juntos en un acto de apoyo a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos.
Hasta ahí, un informe más o menos convencional dentro del estilo obradorista.
Pero entonces llegó el verdadero centro del discurso, y con él, la apuesta más arriesgada de Sheinbaum en lo que va de su presidencia.
El problema con pelear esta batalla, en este momento, de esta manera
La presidenta dedicó una parte significativa de su discurso a cuestionar la solicitud urgente de Estados Unidos para detener con fines de extradición al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y a otros nueve funcionarios, acusados de colaboración con el Cartel de Sinaloa. Lo llamó un «hecho sin precedentes», cuestionó la ausencia de pruebas públicas y lanzó la pregunta que estructuró todo el tono del evento: «¿Acaso pretenden influir en la elección de 2027 en nuestro país?»
La lógica política detrás del movimiento es comprensible. Morena está contra las cuerdas: el caso Rocha Moya le ha dado oxígeno a una oposición que llevaba meses sin narrativa propia, las grietas internas del movimiento son cada vez más visibles, y la popularidad de Sheinbaum ha resentido el desgaste. Convertir la presión estadounidense en un ataque a la soberanía nacional es un recurso probado dentro del manual obradorista, y funciona con la base.
El problema es todo lo que está alrededor.
Primero, el contexto bilateral. México y Estados Unidos atraviesan una de las relaciones más tensas en décadas, con aranceles, presión migratoria y el tema del narco como detonadores permanentes. En ese escenario, elevar el tono retórico contra Washington no es una jugada neutral: tiene costos reales en negociaciones comerciales, en cooperación de seguridad y en la percepción de los inversores extranjeros, que son, precisamente, uno de los principales argumentos económicos del propio gobierno de Sheinbaum.
Segundo, la contradicción de fondo. Si la solicitud de extradición de Rocha Moya es ilegítima e intervencionista, la respuesta lógica sería exigir una investigación interna creíble que demuestre que México puede hacer su propia tarea. En cambio, lo que el discurso transmitió fue protección política hacia un aliado del partido bajo presión judicial externa. Eso no suena a soberanía. Suena a cerrar filas.
Tercero, el timing. Sheinbaum eligió este enfrentamiento justo cuando el Congreso aprobó una reforma constitucional que establece la injerencia extranjera como causal de nulidad de elecciones. La combinación no es casual, pero tampoco es inocente: construye un marco legal y retórico para descalificar cualquier cuestionamiento externo antes de 2027, lo cual plantea preguntas incómodas sobre los límites entre defensa de la soberanía y blindaje electoral anticipado.
El riesgo de apostarle todo a Trump como villano
Convertir a la administración estadounidense en el antagonista del relato tiene una ventaja evidente y un riesgo enorme. La ventaja es que funciona en el corto plazo: unifica a la base, distrae de los problemas internos y da a Morena un enemigo externo conveniente de cara a las elecciones intermedias de 2027.
El riesgo es que Trump, a diferencia de otros adversarios, no tiene incentivos para bajar el tono. Si la apuesta de Sheinbaum era que Washington retrocedería ante la presión retórica, la historia reciente del gobierno mexicano con esta administración estadounidense sugiere exactamente lo contrario. Y si el conflicto escala, México entra a ese escenario con menos margen de maniobra del que el discurso del domingo quiso aparentar.
«México no es piñata de nadie», dijo la presidenta ante una plaza llena. La frase es poderosa, legítima y políticamente efectiva. Pero la soberanía real no se construye en tarimas: se construye con instituciones que funcionen, con un sistema de justicia que no necesite que el gobierno lo defienda de extradiciones, y con una política exterior que pueda sostener sus posiciones más allá del aplauso del domingo.
Esa es la rendición de cuentas que el evento del Monumento a la Revolución nunca llegó a dar.
